domingo, 2 de octubre de 2011

muerde

No sé cómo, pero estamos aletargados. Mustios. Inservibles. Nuestros pulmones colapsan. Tus manos están adormecidas, y las mías descansan sobre mi vientre. Estamos a merced del frío y no sentimos el aire rozar nuestra piel. Te acaricio con temor.

Discutías conmigo sobre cualquier cosa, porque generalmente se te ocurre discutir conmigo todos los días, como quien añade una actividad a su rutina. Más ahora, que mi ex novio está lejos, y no me conformo con su ausencia, peleabas sobre el por qué de la luna. Y yo no quería oírte. 

Me imagino que no sabes lo difícil que es para mí saber que existes. Que te he mirado de reojo desde mucho antes, y que me perturba entender ahora, que estamos tan cerca, que tu mirabas mi vida también. Que aunque el mundo entero te haya tachado con tus maneras femeniles, me has mostrado al salvaje macho que divagaba por los bosques de tu inconsciencia. 

Y luego, de decirnos los odios, los dimes, las acusaciones, y diretes, me demostraste la fascinante materia de que está hecha una alfombra. Dios. Saltaron dos botones, mientras mordías un pezón que sobresalía de la blusa, con mi sostén descolocado. Ahogué mi grito, mientras una brisa caprichosa me había advertido que no costó mas de dos minutos para dejarme completamente sin prenda alguna. No me dejaste atrás, no quisiste anularme como adversario. Me demoré lo suficiente como para sentir incrementar tu virilidad y tu calor. "Te he buscado con los ojos, y ahora solo puedo morder". Me miraste y cerraste los ojos. Me deslicé lentamente hasta estar en cuclillas, destapé suavemente lo restante de tus secretos, y mis labios rozaron suavemente la longitud y grosor de tu resignación. Te arrodillaste a mi altura, y me acosté con un empujón de tus manos, sin preámbulos, sin medios tiempos, tuve que usar el aire que me quedaba para aguantar el primer contacto. Mordiste mis pezones uno y otro, mi hombro, lamiste mi cuello, volviste a morderme, adueñándote de mis pechos, mientras me aferraba a tus hombros, me abría a tu entrada, te envolvía, balanceaba mi cadera sin control, y sentía el calor irradiarse desde mi interior más húmedo, rozaba mis rodillas, hacía temblar mis tobillos, se iba hasta mis glúteos, en el mediano interior de éstos, pasaba por mi espalda, daba escalofríos a mi cuello, y mi boca volvía con ese calor, mientras mi garganta dejaba pasar trabajosamente el aire. Grité sin hacerlo, mientras sentía que tenía dentro de mí a un animal vivo que crecía cada vez más. 
Bruscamente, te separaste de mí, y volviste a penetrarme. Pero era mi espalda contra tu pecho, y mis oídos junto a tu boca, que tenía un calor idéntico al mío. Podía sentir como mis rodillas temblaban e irradiaban escalofríos. Las separé, y me abrazaste con fuerza por el vientre, mientras tu lengua tomaba mi sabor, mis manos desgarraban tus muslos, tus caderas adquirían vida propia. De cuando en vez te miraba el rostro, tus ojos muy cerrados, tu frente sudorosa, y tus mejillas fuertemente ruborizadas; tu boca estaba retorcida, y cuando nos besamos, no pude sino cerrar también mis ojos. Otro grito en silencio.
"Me odio por pensar en ti cuando debí haberte dejado en paz a tiempo". No eres culpable de mi vida, sólo te dejé entrar tras mi ocaso solitario. Sólo nos encontramos en sendas paralelas, mientras el sol bajaba, y la vida pasaba. "Me enferma saber que vives, y que debo verte todo el tiempo. Que debo mentir, porque ya había optado por otra manera de ver la vida, porque ya me conocían de otro modo. Me da esa rabia incontrolable de irme y dejarte botada aquí, sola, enojada conmigo, y yo contigo, por nada, simplemente porque no aguanto verte, mi curiosidad me está matando...".

Pensé en las veces en que por mirarte hacer tus cosas, o verte hablar con otros, mis ojos quedaban en suspenso, enternecida con tu vocación, con tu alegría, con tus ridículas amenazas diarias. Nunca me he atrevido abiertamente a decirte las cosas como debe ser, a tratarte como a un amigo más, a dejar de empaquetar mis sentimientos porque me quites el valor. En que miraba tus manos, suaves y virilmente firmes.  En que dejaba pasar la breve jornada en que nos encontrábamos. Odiaba esa cobardía, y me sorprende que tu hayas abierto el túnel hasta el espacio que era sólo para nosotros dos.

"¿Puedo dentro de ti?". Sí, no te preocupes. Me depositaste nuevamente bajo tuyo. Me permitiste abrazarte fuertemente. Y besarte como la loca que dejé despertar contigo. Nuestras lenguas danzaron en el universo íntimo de nuestras bocas, mis pechos rozaban tu pecho húmedo. Tus manos iban y venían por mis costados. Ya no aguantamos el grito que no nos queríamos dar. Apreté tus hombros, mientras por fin nos miramos, y, rendido, moriste dentro de mi.

Lloramos suavemente, mirándonos. Quise irme a un lado para que libremente pudieras retirarte, pero me volviste a enfrentar a tu pecho, y me besaste. Profundamente. "Eres demasiado mortal, y yo también, para aguantarnos otra vez.". Te acepto como eres, ya que nunca más, desde esto, la vida será igual. Ya probé tu sal.

Y ya morí contigo.

No hay comentarios: